“¿Es el 31 de octubre verdaderamente una fiesta infantil? Detrás de los disfraces y la presión comercial se oculta una fecha marcada por un denso peso espiritual y cifras alarmantes de vulnerabilidad y desapariciones infantiles en Colombia. Esta carta es un clamor a Dios y un llamado urgente a las familias y autoridades para despertar la conciencia colectiva: es momento de dejar de normalizar el peligro por inercia social y asumir la valentía de proteger la inocencia, la vida y la luz de nuestras familias frente a la oscuridad.”
Amado Dios, Señor de la vida y Creador de la luz, hoy me acerco a ti reconociendo que tu soberanía está por encima de cualquier tradición humana y que solo en ti encontramos verdadero refugio. En un país donde cada vez tenemos menos niños y donde la vida misma pierde valor desde su concepción ante la inmensidad de abortos, te clamo como el único dador de esperanza. Tu Palabra nos recuerda en 1 Juan 1:5 que "Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él". Por eso te pido que cubras con la sangre preciosa de Cristo a cada niño en Colombia, porque somos testigos de cómo la sociedad ha apartado su mirada de ti para normalizar un día con un peso espiritual oscuro, pagano y ajeno a tu propósito.
Señor, te pido que esta oración no se quede solo en mi clamor, sino que despierte la conciencia de cada hogar. Papás y mamás, les hablo hoy desde la profunda empatía de un padre que, al igual que ustedes, se desvive por ver felices a sus hijos. Sé que el ritmo del mundo nos empuja, que la publicidad nos envuelve y que es muy fácil ceder ante la ilusión de un disfraz para no ver a nuestros niños excluidos. Entiendo esa presión social, pero hoy quiero retarlos a que nos detengamos un momento, respiremos y miremos la realidad de frente: ¿Sabemos en verdad a qué estamos entregando a nuestros hijos?
No podemos seguir llamando "Día de los Niños" a una fecha que la evidencia estadística y la historia marcan con tragedia y muerte. ¿Cómo justificamos ante Dios y ante nosotros mismos entregar a nuestras familias a las calles cuando el 31 de octubre de 2020 se reportaron 1.579 menores desaparecidos en un solo día, de los cuales 10 aparecieron muertos? ¿Cómo cerramos los ojos ante los 17.282 menores de 17 años desaparecidos en la última década? Las calles esa noche no son un parque de diversiones; son un escenario de aglomeración, descontrol y vulnerabilidad que la delincuencia aprovecha, donde dolorosos casos como el de Colmenares nos recuerdan que cuando la juventud abraza el desorden de esta fecha, muchas veces encuentra un final fatal.
Padre celestial, tú conoces cómo el enemigo ha tejido este engaño a través de los siglos. Esta fecha jamás te ha glorificado. Nació en la oscuridad del Samhain celta y su culto a la muerte; fue adoptada por el Satanismo Moderno como cumbre de indulgencia y burla a tus leyes; y ha sido un portal de pánico y falso testimonio, como vimos en 1692 con la muerte de inocentes en los juicios de Salem. Hoy, ese mismo engaño se disfraza de comercio, mutando antiguos rezos por almas del "Souling" medieval en cánticos modernos que normalizan el vandalismo, enseñando a los niños a amenazar con romper un vidrio si no reciben dulces.
Padres de familia, amar a nuestros hijos exige valentía. Exige la fuerza para nadar contra la corriente y decir "no" cuando la sociedad nos pide normalizar lo que pone en riesgo su espíritu. Junto a mi esposa, he asumido el mandato sagrado de ser el guardián de mi hogar. Protegeremos a nuestra pequeña; ella compartirá y jugará desde la inocencia, pero bajo nuestro cuidado absoluto, sin exponerla a multitudes masivas ni a rituales de una sociedad que ha dejado a Dios a un lado.
Dios nuestro, levanta familias valientes y perdona a los tomadores de decisiones que promueven este riesgo. Rompe la ceguera espiritual de esta generación. Protege a todos los niños de este país con tu gracia inmensa y danos el carácter para ser verdaderos protectores de las estrellas que nos confiaste, porque solo a ti te pertenece la gloria, la verdad y la vida.