El camino a la montaña: la restauración de un hijo

“Durante mucho tiempo, este espacio ha sido una tribuna dedicada casi en exclusiva al análisis político, al debate público y al examen de la coyuntura de nuestro país. No dejaré de opinar sobre lo que sucede en Colombia, ni de alzar la voz cuando las circunstancias amenacen los principios y propósitos que guían mi vida. Pero he decidido tomar este espacio para hablar de mi padre del cielo y empiezo con esta historia”

Me he preguntado a menudo: ¿quién ocupa realmente el primer lugar en mi vida? Durante años, cuando me preguntaban cómo iba mi relación con Dios, yo respondía con el orgullo propio del ser humano: "Bien, Él está a mi lado". Pero, al evaluar con sinceridad las profundidades de mi alma, la respuesta real era un rotundo no. Fue esa revelación la que me llevó a tomar la decisión más determinante de mi existencia: emprender el camino hacia la montaña, en un momento crítico, despojándome de todo para buscar únicamente a Dios.

Aquel viaje no comenzó con grandes discursos, sino como el viaje del Principito cuando decide dejar su pequeño planeta y mirar las estrellas para entender lo esencial.

Imaginen por un momento a un habitante de un asteroide lejano que, abrumado por las espinas de sus rosas y la rigidez de las malezas que amenazaban con agrietar su suelo, decide hacer una pausa. Antes de caminar decididamente hacia la cima de la montaña, se sienta en silencio a contemplar el horizonte y se pregunta en voz baja:

¿Cómo va tu relación con Dios?

El hombre, con el orgullo propio de quienes creen saberlo todo, solía responder sin dudar:

Está bien, Él camina justo a mi lado.

Pero en la soledad donde el viento sopla sin engaños y los ojos solo ven bien con el corazón al caminar en esta inmensa ciudad hace una pausa donde la verdad se reveló sencilla y claramente, la distancia no era física, sino de entrega. Reconocer esa lejanía no fue un motivo de derrota, sino el impulso para emprender el viaje. Con un gran equipaje tanto físico como espiritual, pero sin pretensiones y con la única certeza de que lo esencial es invisible a la vista, comenzó el diálogo directo entre un hijo y su Padre del cielo.

En el silencio de su casa antes de iniciar el viaje escribió en su cuaderno la siguiente carta:

Hoy, primero de octubre, empieza un nuevo camino entre Tú y yo. Al comenzar este proceso, vienen a mi corazón muchas reflexiones sobre lo que vivió Job. Pero hay dos puntos clave que quiero tener presentes: el primero es nunca alejarme ni tomarla contra Ti, y el segundo, que es el más importante, es no alejarme de Ti; por el contrario, buscar el momento indicado, con el corazón dispuesto, para volver a Ti.

Sé que muchos dirán que eso es fácil decirlo, pero ¿sabes? No lo es. Desde que me casé con mi esposa, e incluso antes, he tenido prueba tras prueba. Todo empezó cuando te entregué mi noviazgo. El día que volvimos, había solo un 1 % de posibilidades de regresar; el otro 99 % era fe, una fe que recibí de Ti por medio de la oración. Por eso hoy, literalmente, mi matrimonio y mi familia son un milagro tuyo, DIOS.

Luego llegó mi hija y tuve que entregártela porque al nacer tuvo tantas complicaciones que tome la decisión de entregártela como Abraham entrego a Isaac, con una probabilidad demasiado baja de que viviera. Hoy ya tiene dos años y es un milagro tuyo.

Muchos podrían decirme: Así es muy fácil, porque al final sales ganador. Pero yo sé que, para salir adelante, ha sido necesario caminar de tu mano.

Hoy, cuando empiezo mi restauración como hijo tuyo, del Dios Todopoderoso, de mi Padre del cielo, reconozco que he pasado momentos muy difíciles, llenos de respuestas negativas y de muchos ¡no! Pero aquí estoy, preparando todo para ir a buscarte, porque mis fuerzas humanas se agotaron. Mi fe está intacta, o eso creo, pero lo que sí tengo claro es que mi camino está en tus manos.

Tú sabes que el 25 de febrero perdí a mi padre, a mi estandarte, a mi columna terrenal en los malos momentos, a mi ejemplo y a mi amigo fiel. Ese padre que le diste a Jesús reflejado en José, también me lo diste a mí. El mío se llama Eudoro. Cuánta falta me hace y cuánto dolor siento en mi corazón. Sin embargo, vivo en un mundo machista, donde siento que los hombres no podemos llorar, porque tenemos que tomar las riendas de nuestro hogar y ser la fortaleza de nuestra casa. Por eso, no he podido vivir mi duelo en paz.

Podría hacer lo que muchas personas hacen: pelear contigo y preguntarte ¿Por qué a mí?. Podría pronunciar todas esas palabras que muchas veces usamos para demostrar nuestra inconformidad, como sucede cuando sentimos que Tú dices ¡no! A nuestras oraciones. Pero ¿sabes qué, Dios? No lo hice. Lo único que hice fue darte gracias por haberme regalado un gran padre, por haberme permitido aprender tanto de él, por los principios que me dejó y por el legado lleno de propósitos que heredé. Espero poder superarlo, aunque sé que me dejó la vara muy alta.

A pesar de todo este dolor que llevo conmigo, lo único que hice fue gritar un ¡NO!. Lo grité con toda mi alma y con todo mi corazón. No lo grité contra Ti, sino porque sentí que, en ese momento, se iban 42 años de mi vida dentro de ese ataúd. A pesar de nuestros disgustos, fallas, pecados y errores, recuerdo sus palabras: ¡Donde va el papá, va el hijito!. Y, efectivamente, así fue. Porque el amor de un padre es único, y sé que hay vacíos en mi corazón que solamente Tú puedes llenar.

Después de este momento tan duro, entré a un trabajo en el que a pesar de que ya padezco una enfermedad grave, la epilepsia refractaria, sufrí acoso psicológico. Me humillaron, me maltrataron y me denigraron. Nuevamente, podría haberme quejado contigo y preguntarte: ¿Por qué a mí? Pero Tú sabes que me quedé en un silencio total, defendiéndome con mis propias fuerzas. En medio de todo aquello, solo pensé: Si Tú estás conmigo, ¿quién contra mí?

Al final, todo terminó en un proceso con la Personería de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Donde me pagaron mi dinero después de cinco meses, pero aquella experiencia me dejó como consecuencia una nueva enfermedad. De nuevo sentí ese ¡NO!, pero Tú sabes que volví a quedarme en silencio y en paz, con la agravante de que hoy no tengo trabajo.

Después vino el dolor de sentir como terceros, aprovechándose de mi vulnerabilidad al no tener tu bendición de trabajo agregado a todo lo que he vivido, ha permitido que mi familia se esté fragmentando entre peleas, palabras y acciones que nos lastiman en su mayoría iniciadas por terceros. Todo esto ha generado en mí sentimientos de impotencia y debilidad. Y, por qué no decirlo, también de desesperación y ansiedad, porque me duele profundamente ver cómo se va quebrando mi familia. En esos momentos, llegué a pensar en renegar de Ti, alejarme de Ti y pelear contigo. Incluso llegué a pensar que el plan que tenías para mí no se estaba cumpliendo y que me estabas haciendo daño.

Pero llegó un momento de silencio en el que recordé mi promesa contigo. Entonces volví a quedarme en silencio, porque sé que tus planes son más grandes que los míos. Ahí llegó mi tercer ¡NO! En silencio y en paz

Por último, está la familia que me dejo mi padre. Tengo siete medios hermanos, pero, desde que se fue mi papá y por ser yo el hijo bastardo, han querido quitarme todo. Gracias a tu ayuda, Dios mío, he sentido tu defensa en medio de esta situación. Sin embargo, esto ha tenido como consecuencia que hoy sienta que ya no tengo familia porque solo quieren pelear conmigo y que, además, mi relación con mi familia política tampoco atraviesa su mejor momento. Todo esto me ha hecho sentir humillado, angustiado y deprimido. He tenido que enfrentar sentimientos que me han lastimado profundamente, y de ahí surgió mi cuarto ¡NO! Pero este era diferente

Al analizar la situación, llego a mi mente que, si José fue humillado y abandonado por sus hermanos, ¿quién soy yo para quejarme o alegar contigo por lo que estoy viviendo?.

Sé que muchos podrían preguntarme: ¿Por qué no te peleaste con Dios? En esta sociedad laica extremista, agnóstica y atea, esa podría parecer la opción más fácil.

Pero yo soy tu hijo, Dios del cielo, y mi verdadera opción empieza por acercarme a Ti. Quiero buscar en Ti las respuestas a cada uno de mis problemas, sanar mi corazón, fortalecer nuestra relación y recuperar mi identidad como hijo del cielo. No quiero alejarme de Ti por lo que estoy viviendo. Por el contrario, quiero volver a tu presencia con mi corazón dispuesto, aun cuando no tenga todas las respuestas y mis fuerzas humanas se hayan agotado.

Voy para la montaña preguntándome ¿Cómo terminará este camino que hoy vamos a iniciar? Solo Tú lo sabes. Pero tengo presente que tus planes no son para hacerme daño, sino para darme esperanza, prosperidad y un futuro. Aquí iniciamos nuestra restauración, la restauración de nuestra relación, la de un hijo con su Padre del cielo.

No sé cuáles serán los resultados ni cuánto tiempo tomará este proceso, pero quiero vivirlo contigo, poniendo mi corazón en cada paso. Si me entrego de verdad a este camino, sé que será una experiencia única e inolvidable.

Hoy me presento ante Ti con mis dolores, mis dudas, mis heridas, mis miedos y mis esperanzas. No vengo porque tenga todas las fuerzas ni porque comprenda todo lo que ha sucedido. Vengo porque eres mi Padre y porque, a pesar de todo, quiero seguir caminando de tu mano. Quiero volver a Ti, recuperar mi identidad como hijo tuyo y permitir que seas Tú quien guíe mis pasos.

DIOS ESTÁ CONMIGO!!


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