La gran estafa a la juventud: Instrumentalización, mentiras históricas y la trampa de la política líquida

““He viajado por muchos asteroides y he conocido a personas mayores con costumbres verdaderamente extrañas. Unos cuentan estrellas para creerse sus dueños, otros exigen obediencia sin sentido y otros tantos construyen discursos para ser aplaudidos. Pero en este rincón de la Tierra, he descubierto algo aún más triste: personas mayores que han enseñado a los jóvenes a mirar la vida y la historia a través de espejos luminosos por solo quince segundos. En esa prisa, las emociones efímeras y el ruido del enjambre han reemplazado a la paciencia de pensar, apagando el juicio crítico y dejando a la juventud atrapada en relatos contados a medias.”

Esta semana vi cómo en el Museo Nacional pretendían inculcar en las nuevas generaciones que ciertos objetos son trofeos de una gloriosa "resistencia". Le mostraron a los jóvenes el sombrero de Carlos Pizarro, quien fue cabeza del M-19, pidiéndoles que lo admiren. Pero las personas mayores olvidan explicar la verdad con el corazón: aquellos no son aditamentos de heroísmo, sino testigos mudos de la violencia, las lágrimas y la muerte que tuvieron que sufrir nuestros padres entre las décadas de 1970 y 1990.

A los jóvenes les han querido vender , incluso en películas y pequeñas pantallas de imágenes breves, que la toma del Palacio de Justicia fue una genialidad revolucionaria. Pero las semillas del odio no producen flores. La verdad histórica es inapelable: no hubo allí un acto de liberación, sino una de las tragedias más oscuras del país, una misión ciega que dejó cientos de vidas segadas. La historia demuestra que no fue un sueño idealista, sino un plan financiado e ideado por Pablo Escobar y los narcotraficantes para presionar al Estado y frenar la extradición de colombianos a cárceles extranjeras; una acción que a Pizarro y a su gente se les salió de las manos. Y la paradoja más dolorosa ocurrió tiempo después: cuando firmaron un acuerdo de paz, fue el propio entramado criminal de Escobar el que le arrojó la muerte a Pizarro a bordo de un avión. ¿Dónde estuvo entonces la revolución social? En ninguna parte.

Suele argumentarse entre las personas mayores que en un museo deben estar todos los objetos que forman parte de la historia y representan a distintos sectores sociales. Pero si el valor histórico o el derecho a la memoria se midiera solo por las casas levantadas, los colegios o las canchas deportivas construidas, habría que reconocer una amarga ironía: Pablo Escobar hizo más de esas obras que todo el M-19 junto, a pesar de que este último grupo llegó a tener a uno de sus militantes en la Presidencia de la República.

Siguiendo esa misma lógica, si hoy quisieran crear una "Sala de la Revolución y la Historia de Colombia", tendrían que colgar, por estricta e inevitable simetría, el carriel de Pablo Escobar justo al lado del sombrero de Carlos Pizarro. Pero semejante vitrina no mostraría el triunfo de ninguna gesta noble; sería la imagen viva de la serpiente boa trágica que se traga su propia cola. Sería el retrato enmarcado de nuestro drama nacional: un triste teatro de sombras donde la guerra borra las fronteras, logrando que los mismos victimarios de ayer terminan disfrazados de víctimas de hoy en un conflicto armado sin fin. Exhibir esos objetos como trofeos de "resistencia" no es hacer memoria: es mantener de par en par la puerta abierta a la constante e imperdonable revictimización de un pueblo que ya ha llorado demasiado. Ninguno fue un redentor: uno fue un guerrillero y el otro un narcotraficante, y ambos le hicieron un daño devastador a Colombia.

Esta misma costumbre de convertir la verdad en un teatro engañoso se traslada hoy al Congreso de la República. Vi a una representante romper las leyes ingresando armamento exclusivo de la fuerza pública al Capitolio para victimizarse ante las cámaras diciendo: "si me hacen esto a mí que soy representante, ¿qué le harán a la ciudadanía?", utilizando la nobleza e ingenuidad de jóvenes y niños para alimentar relatos falsos. Y vi a otra calificar el Presupuesto General de la Nación de "pan para hoy y hambre para mañana", callando con fría conveniencia que fue ella misma quien aprobó una reforma pensional que le quitó a esta generación joven la certeza de tener un retiro digno. Culpar a los gobiernos entrantes por la miseria que ellos mismos sembraron es la actitud ruin de quienes no saben construir ni ejercer una oposición seria.

Esta gran estafa a la juventud no ocurre por casualidad. Ocurre dentro de la trampa de la sociedad líquida descrita por Zygmunt Bauman, donde plataformas como TikTok reducen la historia y la política a espectáculos de quince segundos y emociones pasajeras. En ese laberinto de espejos, el pensamiento profundo se atrofia, haciendo que muchos sigan ciegamente a antiguos agitadores de redes que ayer promovían el caos y hoy ocupan curules con sueldos millonarios sin saber sostener un verdadero debate ni construir soluciones reales.

A pesar de tanta oscuridad, Colombia es una patria milagrosa. Guarda la reserva moral y espiritual de una nación teocentrista que, aferrada a Dios, a la fe y a la razón, sabrá recuperar el rumbo y la dignidad que pretenden arrebatarle.

Como me enseñó mi amigo el zorro, solo se ve bien con el corazón y la razón paciente, porque lo esencial es invisible para la prisa de las pantallas. El llamado final es directo, urgente y firme a los jóvenes de Colombia: es momento de despertar del adormecimiento digital y romper las cadenas de la instrumentalización. Deténganse a mirar su vida y pregúntense con frialdad: ¿qué han ganado o perdido realmente en los últimos cuatro años? ¿Qué hicieron en verdad por ustedes quienes prometieron la transformación mientras buscaban aplausos, "likes" y poder? Las historias de manipulación deben terminar. El verdadero cambio social no se logra con propaganda efímera; se edifica sobre la verdad completa, el juicio crítico y el compromiso indeclinable de una juventud libre que decida reconstruir su país sobre cimientos sólidos de paz y justicia.

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