“Ningún discurso, guerra o ideología debería apagar la luz de los más pequeños. Una voz desde la inocencia que nos confronta y nos exige decidir de qué lado estamos a la hora de defender el don de la vida.”
Hace unos pocos días bajé de una alta montaña aquí, en la Tierra. En el silencio de aquellas cumbres, mirando el cielo infinito, comprendí algo muy hermoso: que mi sabiduría, mi fuerza y mis capacidades han sido dones de Dios. Pero al bajar y caminar por las calles de su ciudad, me hice una pregunta que me llenó de perplejidad: ¿Qué son verdaderamente los niños para la sociedad colombiana? Los adultos, definitivamente, son muy extraños.
Si observo a los que miran al cielo, a los grupos espirituales y religiosos, me doy cuenta de que ellos entienden el secreto que alguna vez me enseñó mi amigo el Zorro. Ellos saben que el tiempo y el amor que se le dedica a una rosa es lo que la hace tan importante. Tienen claro que los niños son el futuro, el propósito principal de la vida y el legado más hermoso que se puede dejar en un planeta.
Pero luego, mi viaje por su país me mostró otros planetas muy oscuros. Me encontré con hombres armados que, en lugar de limpiar la tierra, siembran la guerra. Y lo más triste es que usan a los niños como escudos humanos. Son como aquella maleza destructiva que rompe y destroza la tierra desde sus raíces, convirtiendo a los más pequeños en objetivos de sus batallas. Y de repente, veo a otros adultos que salen a hacer marchas diciendo que defienden la vida, pero no se dan cuenta de que aquellos que empuñan las armas y exponen a los niños son los verdaderos culpables.
Y hablando de esas marchas, vi a los que defienden a esos grupos, a los partidos que ustedes llaman de izquierda. Se suben a grandes tarimas y ponen a los niños a su lado. Les entregan banderas de lugares lejanos, como Palestina, y les hablan al oído para que repitan exactamente lo que ellos quieren escuchar. Me recordaron a aquel eco de las montañas que solo repetía mis palabras, pero aquí los adultos usan la voz, la ternura y la luz de los niños para imponer sus narrativas y buscar los aplausos de la multitud, igual que el Vanidoso de mi historia.
Sin embargo, lo que más me dolió fue ver que, al día siguiente, esos mismos adultos cambian de rostro. Se vuelven como el Hombre de Negocios de aquel pequeño planeta, que solo veía estrellas para contarlas y poseerlas, olvidando que tenían luz. Tratan a los niños que aún están creciendo en la oscuridad protectora del vientre de sus madres como si fueran simples objetos o masas sin vida. Llegan a declarar que ninguna mujer puede ser obligada a cuidar de ese pequeño brote, y promueven abiertamente el aborto, esparciendo este mensaje a través de unas pantallas que ustedes llaman redes sociales.
Es en esas mismas redes donde todos estos grupos se unen como un enjambre para atacar a quienes, simplemente, queremos ponerle un fanal de cristal a la vida. Atacan a quienes piden que los niños sean respetados desde su concepción. Veo en todo esto una inmensa incoherencia. Parece que lo único que desearan fuera acabar con la sociedad, para seguir en este mundo sin principios donde su principal enemigo es Dios y todos los que creemos en Él. Han olvidado que lo esencial es invisible a los ojos.
Por eso, antes de regresar a mi estrella, quiero pedirles a cada uno de ustedes que usen su libre albedrío y su racionalidad. Mírense en el espejo de sus propias acciones y contéstense: ¿Cómo ven a los niños? ¿Cuál es verdaderamente su postura? Porque el planeta en el que habitan no se salva con los discursos de los vanidosos ni con los cálculos fríos de los hombres de negocios; la postura de cada ciudadano es la más importante, porque es la que verdaderamente forma una sociedad.