La maleta invisible y el inicio del camino al taller del Maestro

“Hay momentos en la vida en los que empezar de nuevo resulta una tarea monumental, especialmente cuando uno siente que lleva en la ropa el polvo gris de otros planetas, de lugares donde se ha contaminado. Mi objetivo al emprender este viaje era claro, como el agua de un pozo en medio del desierto: quería recuperar mi verdadera identidad con Dios, reparar aquellas grietas invisibles que se habían formado en mi familia y dejar ir, por fin, la partida de mi padre. Cada una de esas heridas era un pequeño cráter en mi corazón, y yo sabía que el único que tenía el pegamento adecuado para sanarlas era Dios, allá en el taller del Maestro.”

Pero las cosas se complican cuando uno viene de habitar lo que yo llamo el «mundo de los quince segundos». Quizás algunas personas no lo entiendan de inmediato, pero es ese mundo extraño de las pantallas y las redes sociales, donde en apenas quince segundos te imponen emociones y posturas que tragas sin masticar. Son ideas fugaces que, muchas veces, van en contra de la voluntad de Dios. Formatear ese disco duro, limpiar la mente de tanta prisa, es algo que solo se puede lograr si te dejas llevar de la mano de Dios.

Así llegué a aquel sitio, buscando un nuevo comienzo. Llevaba a cuestas una maleta que pesaba veinte kilos, y otra maleta invisible, la espiritual, que pesaba mucho más. Me sentía tan pequeño y solitario que me asaltó esa vieja pregunta que no viene de Dios y que suele susurrar como el viento frío de la duda: «¿De verdad voy a poder?».

Entre la angustia, la soledad y la ansiedad, lo dudé más de una vez. Todo se volvió aún más pesado cuando tuve que firmar un papel sobre mi salud, explicar nuevamente mis dolencias a los adultos encargados, y dejar que me ataran una cinta roja en la muñeca, como marcando mi fragilidad ante los demás. La situación parecía complicarse, y entonces lanzaron la advertencia: «Los que crean que no pueden, tienen quince segundos para abandonar la fila».

Quince segundos. En mi mundo anterior, quince segundos servían para perder el tiempo mirando una pantalla, pero aquí eran el tiempo exacto para tomar la decisión más importante de mi vida. Ya no estaba solo en esa fila; formaba parte de una tribu a la que debía respaldar. Aunque, para ser sincero, no fui yo quien los sostuvo, fueron ellos quienes me sostuvieron a mí. Cuando hicimos los ejercicios previos, mi cuerpo dolía tanto que sentía que no podía hacer ni una sentadilla más.

Fueron los quince segundos más largos de mi existencia. En ese instante, volvió a aparecer esa pregunta a la que en este mundo le hacemos tanta barra: «¿Sí puedo?». Qué difícil es responder cuando te faltan las fuerzas. Pero fue ahí donde apareció mi propósito mayor, disipando toda sombra: yo quería volver a encontrarme con mi Padre del cielo. Quería recuperar la identidad que Él me había dado desde el momento en que me creó. Al recordar eso, la duda se desvaneció y dije mentalmente las palabras que se escuchan en los estadios: «Sí se puede». Pero en este caso, como era algo íntimo entre Dios y yo, reuní mis pocas fuerzas humanas y me dije: «Sí puedo». Y lo dije a pesar de que, apenas dos minutos antes, estaba sentado en la acera, sin aire, a punto de desfallecer.

Mientras escribo esto, recuerdo que semanas antes, cuando por primera vez me hablaron de la montaña, encontré un mensaje misterioso con siete verdades, como siete estrellas para guiarme en la noche:

Primero, que todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Segundo, que la sangre de Cristo tiene poder. Tercero, que aunque camine en valles de sombra, no tendré miedo alguno porque sé, Señor, que tú estás conmigo. Cuarto, que no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme. Quinto, que el Señor es mi pastor y nada me faltará. Sexto, que si Dios está conmigo, quién contra mí. Y séptimo, que de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma.

Las personas mayores dirían que fue un mensaje al azar, una coincidencia que le llega a cualquiera, pero para mí no fue solo un texto. Era la preparación exacta que Dios tenía para mí, para que me encontrara nuevamente con Él, cumpliera mis objetivos y tuviera el valor de enfrentar esa montaña.

No puedo continuar sin darle las gracias a mi tribu. Aquellas siete personas dejaron de ser extraños para convertirse en mis hermanos, y nunca me abandonaron, a pesar de todo lo que tuvimos que vivir.

La salida era a la una de la tarde y, por el apuro de llegar a tiempo, no había comido nada. Me moría de hambre. Antes de subir al autobús, lo último que recibí fue un pedazo de pizza a las cuatro de la tarde. En medio de esa primera prueba pasé por un pequeño ayuno, pero como aún estaba atado a mi mundo real —donde todavía no me había entregado por completo a Dios, donde pesaban mis títulos, mis egos, mis cargos y mis experiencias— el hambre se sentía inmensa, como si no hubiera comido en muchísimo tiempo. Aún no había encontrado la identidad que iba a buscar.

Subimos al autobús y, junto a otras tres tribus, comenzamos a orar el Salmo 91. Antes de comprender el verdadero significado de esas palabras, me ocurrió algo extraordinario. ¿No han escuchado alguna vez que los tiempos de Dios son diferentes a los nuestros? Pues bien, para entonces ya me habían quitado el reloj, el celular y cualquier artefacto que me conectara al mundo real. Dejar esas cosas me dolió profundamente, porque significaba desconectarme de mi familia, en especial de mi esposa y mi bebé.

Fue en ese instante de desprendimiento cuando sentí mi primer milagro. Tuve que tomarme mis pastillas, aquellas que normalmente me adormecen y me apagan, pero esta vez no me hicieron ningún efecto. Me mantuve despierto, con los ojos bien abiertos, orando sin cesar. El viaje, que los mapas de los hombres dicen que dura entre tres horas y media y cuatro horas, pasó como un suspiro, como si solo hubiera ido de mi casa a la oficina. Definitivamente, cuando uno camina pegado a Dios, los tiempos de Él son diferentes y no tienen explicación humana.

Muchos se preguntarán por qué repetíamos el Salmo 91 una y otra vez. Lo hacíamos porque es el canto de quien clama la protección divina. Es el momento en el que reconoces a Dios como tu refugio, como esa fortaleza inquebrantable que necesitas para subir tu propia montaña, porque con tus solas fuerzas jamás lo lograrías. Hoy puedo decir que aquello que está escrito en ese salmo es verdad: transmite la certeza de que quienes ponen su confianza en lo espiritual estarán resguardados de las adversidades.

Íbamos hacia una batalla, pero no contra otros. Íbamos a confrontarnos con nosotros mismos, a pelear con nuestro propio yo interior para poder salir de allí reseteados, reconociéndonos verdaderamente como hijos de Dios y portando Su identidad. Y conmigo, la montaña y Dios cumplieron su propósito.

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