“He notado que muchos adultos tienen una idea muy extraña de lo que es un amigo. Creen que la amistad tiene la forma de una botella, de una fiesta ruidosa o de un vicio pasajero que me haría olvidar lo esencial. Son esos mismos personajes, parecidos al bebedor que habita en su pequeño planeta, quienes con sus palabras pueden empujarme a tomar decisiones que marchitarían mi propia rosa; a alejarme de mi familia, de mi esposa, y terminar por destruir mi hogar. Por eso hoy confirmo que la palabra de un amigo tiene un poder inmenso. Y es que, como bien he aprendido en esta experiencia, mis amigos no son solo amigos: son esos hermanos que yo mismo elegí para que habitaran en mi propio asteroide”.
Quizás ahora me pregunten: ¿qué tiene que ver la amistad si estoy emprendiendo un viaje íntimo en busca de la identidad que me dio el Padre del Cielo? La respuesta me resultó tan sencilla como hallar un manantial escondido en lo más alto y solitario de la montaña. Lo dice Eclesiastés 4:9-10: "Mejores son dos que uno... porque si cayeren, el uno levantará a su compañero". El Padre no quería que yo caminara solo, pues sabía que mi ascenso por esa montaña árida y silenciosa estaba lleno de pruebas, senderos escarpados y vientos helados. Por eso, en mi propia fila de viaje, Él puso a siete extraños que hoy son mis hermanos. Sus nombres son Sabiduría, Seguridad, Lealtad, Combatividad, Fortaleza, Liderazgo y Responsabilidad.
Aunque éramos distintos, a todos nos unía un mismo hilo invisible: llegar al Padre. Durante toda esta historia, ellos caminaron a mi lado, demostrándome que Dios no me deja solo frente a los abismos, sino que me regala a esos compañeros exactos que necesito para no perder el rumbo en la altura. A lo largo de mi viaje me crucé con otros personajes, de los cuales ya hablaré en su momento”, pero fueron estos siete quienes jamás me soltaron.
¿Y por qué decido dedicarles todo un capítulo? Porque en ellos descubrí la verdadera amistad, esa familia que Dios dibujó en mi paisaje. Son los que me aceptan sin juzgarme, los que me tienden la mano sin exigir nada a cambio. Son aquellos que, si notan que me estoy acercando peligrosamente a la cornisa, se detienen, se sientan a mi lado a respirar el mismo aire y, con infinita paciencia, enderezan de nuevo mis pasos. Nunca me abandonan, por más espinas y piedras sueltas que tenga el camino, y son capaces de arrodillarse conmigo sobre la roca fría cuando es tiempo de pedirle a Dios. Juntos, fuimos paso a paso hacia el taller donde nos esperaba el Maestro.
Hoy en día, como observo en esta sociedad líquida, los adultos corren en trenes rápidos sin saber qué buscan, y los pilares de la familia, de la iglesia y de los mismos valores parecen haberse vuelto invisibles a los ojos, ahogados entre protestas, revoluciones y el ruido constante de las pantallas. Es en medio de toda esa confusión donde mis amigos se convirtieron en los hermanos que Dios me envió para ayudarme a mejorar y crear, tomados de la mano, un mundo menos absurdo.
Así que he aprendido a valorar mis amistades sinceras, a esos amigos con los que he tejido lazos desde el alma, porque ya van quedando muy pocos en este planeta. Los adultos han llegado a inventar frases tan tristes como "amigo el ratón del queso", palabras que jamás deberían repetirse, y mucho menos entre nosotros, los hijos de Dios. Desde mi propia vivencia, los invito a buscar a esos amigos de verdad; a entrelazar sus corazones mutuamente, cuidar unidos de sus rosas y caminar siempre de la mano hacia el Padre, tal como el Maestro nos enseñó dando el ejemplo con sus propios discípulos.