El Árbol de las Sombras: Desmontando al Falso dios del Miedo

Dicen que lo esencial es invisible a los ojos, pero a veces, lo que nos ciega el alma es un fantasma que nosotros mismos nos empeñamos en alimentar. El miedo es una semilla silenciosa; si no la arrancamos a tiempo, crece como un árbol de las sombras que echa raíces profundas, resquebrajando el planeta de nuestra paz. Nos acostumbramos tanto a su oscuridad que terminamos rindiéndole culto, olvidando que fuimos creados para caminar en la luz y no para ser prisioneros de nuestras propias angustias.

El miedo es un sentimiento que vemos tan normal que hasta los diccionarios le dan un significado superficial, logrando que lo privaticemos y lo hagamos parte rutinaria de nuestra vida. Ayer, lo confieso, volví a caer en él, y le pido perdón a DIOS por ello. Al ver que mi pequeña rosa no estaba bien, el temor volvió a asomarse. Sin embargo, he decidido dejarlo atrás y seguir adelante; fue apenas un tropezón, y en este nuevo camino hay que aprender a levantarse, sacudirse el polvo y mirar a las estrellas.

Quizás se pregunten por qué me juzgo con tanta dureza por el simple hecho de sentir miedo. La respuesta habita en uno de mis versículos rhema, aquel que me acompañaba camino al taller del Maestro: "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento" (Salmo 23:4). Y entonces, ¿qué nos pasa? Lo que dice DIOS sobre el miedo lo encontramos claro en Isaías 41:10: "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu DIOS que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia".

Si el Creador nos lo recalca tantas veces, debe haber una razón profunda. Analizándolo bien, el miedo saca de nuestro interior aquello que no deberíamos ser: nos empuja a pronunciar palabras hirientes, a enviar mensajes dictados por la angustia, e incluso, llevándolo al extremo de nuestra realidad, es por miedo que a veces entregamos a nuestros propios hijos al enemigo. En esta sociedad, el miedo es como un pequeño dios. Cada vez que le damos lugar, es como si lo estuviéramos adorando. Por eso, mi primer acto hoy fue hablar con DIOS, pedirle perdón y escribirles a aquellas personas a las que lastimé en medio de mi angustia para pedirles disculpas. Si yo recuperé mi identidad con DIOS y llegué a Él con una palabra viva sobre el tema, ¿por qué le estoy volviendo a abrir las puertas de mi casa y de mi vida a algo que se volvió un dios en este mundo real? Eso no debería hacerlo un hijo de DIOS, y este capítulo va a ser mi recordatorio de ello.

Cuando empecé a subir el camino hacia el taller junto a mis hermanos, mi primera emoción fue el miedo. Primero, por la oscuridad, porque caminar a ciegas asusta incluso cuando estamos todos juntos. Después, al ver el sendero lleno de piedras y percibir la inmensidad de la naturaleza, la mente empezó a pensar y a jugar sus trucos. Imaginé que de repente aparecería una serpiente, idéntica a aquella boa que se tragó a un elefante; o pensé en cómo está este país, temiendo qué tal si se nos aparecía alguien armado. Y el más importante de todos los miedos: cuestionarme si en verdad estaba haciendo bien o si debí quedarme en la ciudad. Pero como DIOS es omnipresente, llegaron todas esas palabras vivas de Él que inmediatamente quitaron todos aquellos temores de mi cabeza. Es triste darnos cuenta de que idolatramos al miedo, lo normalizamos y se queda en nuestro corazón.

En el instante en que todos estos miedos se fueron, no solo cambió mi mente, sino también mi cuerpo. Renuncié a todos los títulos que tenía en mi vida, aprendiendo que las cosas no se mueven con mis fuerzas, sino con las fuerzas de Él. De hecho, mi amigo Lealtad me dijo: "Estás caminando en automático". Al principio no entendí, pero luego, desmenuzando sus palabras, comprendí que siempre estuve en automático, porque las fuerzas no eran mías. El "yo" que era antes de iniciar el camino se quedó en el inicio; solo estaba buscando al Padre, y era el Padre quien me estaba jalando con sus lazos de amor para llegar al taller. Entonces sí, estuve en automático en todo el camino, y por eso no había miedo.

Pero tenemos un enemigo astuto que siempre va a buscar nuestros puntos débiles para alejarnos de DIOS e idolatrar al miedo. El golpe llegó cuando pasé por una parte de agua muy fría que congeló mis pies, lo que en el mundo real me hubiera producido una convulsión, como le había contado a mis amigos. Sabía que ya no estaba confiado y que tristemente mis palabras rhema ya no salían con tanta fuerza, aunque el amor por verme con Él seguía intacto. Al no tener ese lazo bien fuerte tuve mi primer caída; el primer pensamiento que llegó fue de miedo y recuerdo que dije: "Es que no puedo más, voy a convulsionar". Pero en ese momento, DIOS utilizó a mis amigos para levantarme, salir de ese tropiezo y seguir el camino.

Hasta que llegamos a un punto donde me encontré con alguien que conocía del mundo. Cuando lo vi, no solo dejó de ser esa persona que conocía, sino que se convirtió en EJEMPLO. Me dio mucha alegría, quería hablar con él, pero no podía desenfocarme; el objetivo era llegar al taller del Maestro. Al ver a Ejemplo, me volví a amarrar fuertemente a esos lazos de amor de DIOS, volvieron a mí todas esas palabras rhema y la convicción que uno debe tener para ir al Maestro.

¿Cómo solo Ejemplo hizo que volvieran todas esas cosas? Porque Ejemplo es una persona que vive en el taller del Maestro, que ha tenido más encuentros con Él y porque me ha enseñado cosas Suyas; sus acciones dicen más que mil palabras. Si estaba ahí, era porque DIOS quería que fuera un elemento de motivación, alegría, persistencia y resistencia. Para mí, lo más importante es que prefirió salir de la comodidad de su casa para que DIOS lo usara como instrumento en mi camino hacia el taller del Maestro.

Hoy, al mirar hacia atrás y recordar ese tramo de agua helada que logré cruzar, me doy cuenta de la victoria tan inmensa que DIOS me regaló. A pesar de que la angustia y el terror amenazaron con paralizar mi mente y mi cuerpo, la verdad triunfó: no convulsioné. El amor del Maestro fue más fuerte que mi debilidad, me sostuvo y me protegió de lo que en el mundo terrenal parecía inevitable. Y lo más hermoso es que, desde aquel momento y hasta el día de hoy, esa sombra no ha vuelto a tocarme; he permanecido libre de aquel mal. Vencer al miedo no significa que nunca más intentará asustarnos, sino que, cuando asome, sabremos que sus raíces ya no tienen poder sobre nosotros. Por eso, al enfrentarte a tu propio árbol de las sombras y aferrarte a los lazos de DIOS, recuerda que tu fe no es pasiva; tu postura ante el miedo y la angustia debe ser siempre firme, valiente y, sobre todo, desafiante.

Fortalecidos por esta convicción, después de ahí seguimos la ruta con nuestros amigos y paramos para terminar este día tan desafiante, el cual me enseñó que el miedo es el elemento que más usa el enemigo para alejarnos de DIOS, haciéndonos idolatrar a un falso dios cuando sabemos que esto solo es un dardo para desviar el camino. Así que, de ahora en adelante, te pregunto: ¿Quién rige tu vida, DIOS o el miedo? La decisión es únicamente tuya.

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