Querido Dios,
Hoy quiero detener por un instante el viento y las emociones que me dejó la montaña. Te escribo porque no soy perfecto y necesito barrer mi propio planeta; necesito desahogarme antes de que las semillas del mal genio y la frustración echen raíces y contaminen mi corazón. Hoy es uno de esos días en los que miro a mi alrededor, me pregunto qué está pasando, y siento cómo el odio y el resentimiento amenazan con crecer como malas hierbas gigantes que podrían partir mi mundo en pedazos.
En momentos así, la tentación humana es encerrarme bajo una cúpula de cristal, aislado y solo. Pero sé que en la soledad del desierto es donde uno toma las peores decisiones. Es allí donde debo buscar la frescura de tu pozo, escuchar tu Palabra y dejarme abrazar por esos viajeros compasivos que Tú, en tu infinita sabiduría, pones en mi camino. Ellos son los elementos que iluminan mi faro cuando se apaga.
La verdad es que estaba dejándome contagiar por la pesadez de este mundo, hasta que recibí una palabra que guardaré como el mayor de los secretos, esa que está en 2 Timoteo 1:7: "Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio". Me has dado el poder para arrancar de raíz lo malo, el amor para servir, y el dominio propio para domesticar mis emociones y cambiar la oscuridad por luz.
Con ese mismo amor, hoy elevo mi mirada y te pido por mi tierra. Te pido por todos los colombianos, para que aprendamos a valorar cada una de las bendiciones que nos has regalado. Danos la paciencia y la sabiduría para tratarnos con respeto. Que cese ya la polarización, para que podamos vernos verdaderamente con el corazón, comprendiendo que de nada sirve ganar los aplausos de este mundo si en el intento perdemos nuestra propia alma.
Señor, te pido que la sangre preciosa de Cristo cubra a cada colombiano. Necesitamos que despierte en nosotros el dominio propio, el libre albedrío y una verdadera opinión crítica. Que las ideologías no nos pongan vendajes en los ojos; por el contrario, que todos llevemos el ejemplo de Jesús en nuestras vidas para ser verdaderamente la sal y la luz del mundo. Amén.
La moraleja de hoy es sencilla: cuando sientas que te levantas abrumado, respira, sumérgete en Dios y pide ayuda. No intentes arreglar el motor de tu avión únicamente con tus fuerzas. Dios siempre está a tu lado, y cuando sientes que te pierdes, Él envía a las personas exactas para ayudarte a retomar ese camino que a este mundo no le gusta, ese sendero lleno de distracciones que intentan alejarte de tu verdadera identidad.
Por eso escribo. Porque mi pluma es mi voz para desahogarme, y estas líneas no son artículos perdidos en el vacío, sino cartas a Dios lanzadas hacia las estrellas. No me dejaré caer mientras pueda evitarlo, teniendo siempre presente que las fuerzas que me sostienen no son mías, sino tuyas.