Subir la montaña: Lo que aprendí cuando casi pierdo el rumbo

“Antes de empezar este viaje, debo abrirte el corazón con la humildad de quien reconoce sus propios tropezones, si en algún momento de la vida caí en estas trampas, no fue por una simple excusa ni por el solo hecho de ser hombre, sino por la profunda fragilidad de nuestra existencia humana, la vulnerabilidad a la que todos estamos expuestos y esa falta de discernimiento espiritual que a veces nos ciega frente a las decisiones verdaderamente decisivas. Por eso me puse en marcha y fui a buscar la presencia de Dios en el taller del Maestro: para ser restaurado desde las entrañas por su gracia y poder entregarte hoy, con el corazón en la mano, la verdad de lo que Él me enseñó”.

Empezamos de nuevo este camino, en pleno ascenso por la montaña. Esta cumbre representa la ruta indispensable para recuperar la verdadera masculinidad del hombre: esa hombría firme, protectora, sabia y rendida a los pies de su Creador que el mundo ha intentado desdibujar. En la subida nos encontramos con personas que venían bajando con la mirada renovada por el Señor. Durante el trayecto nos pusieron una prueba indispensable para continuar; una de esas aduanas del alma que, si no logras superar, simplemente no te dejan avanzar. Quien calificaba aquel examen era Respeto. A primera vista causaba todo el temor y la distancia que genera la solemnidad de su nombre; pero si te atrevías a mirarlo una segunda vez, no con los ojos del rostro, sino con la mirada profunda de la fe, notabas de inmediato que era una persona con el corazón alineado con Dios.

En aquel primer intento la prueba era para mí, pero mis solas fuerzas no fueron suficientes y no logré pasarla. Hoy que estoy acá lo entiendo mejor: ese día me encontraba ayunando sin habérmelo propuesto, pero la vulnerabilidad de mi espíritu aún necesitaba aprender a depender de lo alto. Fue entonces cuando mi amigo Competitividad dio un paso al frente y asumió ese rol por mí; gracias a su impulso, unido a la sabiduría de Responsabilidad, logramos superar la prueba y nos dejaron pasar para seguir el ascenso.

En ese caminar, cada persona con la que nos cruzábamos llevaba una sonrisa serena, reflejo de una paz superior, hasta que llegamos a la morada de un habitante singular. Vivía en una pequeña cueva, salpicada por la brisa fresca de una cascada; su nombre era Reflexión. Al sentarnos a conversar con él, compartí todo lo que viví en el camino; pero al interpretar mis vivencias a la luz divina, hubo un tema que me atravesó el pecho: los vicios. O, como comprendí que deben llamarse, esos fantasmas que vienen y van entre las sombras, aprovechándose de la debilidad humana para alejar al hombre de su verdadero propósito.

Es acá donde quiero hacer un pare y siga en el relato para mirarte a los ojos como hermano. Tal vez te preguntes: ¿Tú, siendo un jovencito, hablas de vicios? Y yo te devuelvo la pregunta: ¿Por qué nuestros jóvenes tenemos que enfrentarnos, casi desde niños, a estos fantasmas que amenazan con mellar nuestro carácter y el espíritu que fuimos llamados a custodiar?

Al analizar la realidad junto a Reflexión, interpreté que la respuesta está en cómo la sociedad y las tendencias del mundo están manejando estos temas al darle la espalda al Creador. Empecemos por la sexualidad: desde muy pequeños, los discursos del mundo le muestran a la niñez la masturbación y la pornografía como supuestos elementos de exploración y autoconocimiento, olvidando la pureza del diseño original. A esto se suma la imposición de una narrativa sobre la identidad de género. Pero la verdad que se nos reveló en la Palabra desde el principio es inamovible: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Si la arquitectura divina fue tan armónica y perfecta, ¿qué es entonces esta idea de la identidad de género? Cuando despojamos a un joven de su origen divino, lo dejamos desarmado ante las trampas de la vida.

Interpreté también el peligro real de las drogas y el cigarrillo, que buscan mellar la sobriedad del carácter. Se abren espacios en los parques donde juegan los niños, vendiendo el vapeo como una moda inofensiva. ¿En verdad un dispositivo electrónico es una solución, o es el mismo fantasma velando la vista de nuestra juventud? Y al mirar el alcohol, más que juzgar, quiero hacer un llamado de amor y de responsabilidad a los padres de familia. Sé que muchos, cuando entregaron esa primera cerveza a sus hijos, lo hicieron pensando “Prefiero que aprenda conmigo y sea responsable”. Pero hoy te invito a reflexionar con sabiduría: al abrir esa puerta sin advertir la dimensión espiritual de las adicciones, exponemos el corazón de nuestros hijos a batallas que después cuesta mucho sanar. No se trata de acusar a los padres, sino de convocarlos a asumir con valentía el rol protector que Dios les confió para cuidar a la rosa de su hogar.

Y qué decir de la anarquía en las redes sociales cuando se vive sin discernimiento. Como lo explicó la escritora Sandra Borda al analizar el estallido social en Colombia, fuimos testigos de cómo la impulsividad de una generación puede fracturar entornos en 15 segundos, el exacto tiempo que toma deslizar el dedo de un reel a otro. En esa pantalla infinita vemos a mujeres y niñas reducidas al deseo estético, perdiendo el valor sagrado que poseen, junto a retos virales destructivos y la glorificación de las adicciones. No es que los jóvenes busquen perderse a propósito, es que el mundo les vende falsas promesas mientras los desvía del amor verdadero.

Pero fue justo allí, contemplando el agua de la cascada junto a Reflexión, donde ocurrió la verdadera transformación de mi viaje. Al confrontar el vacío de esas trampas con la verdad divina, no me quedé en el diagnóstico del problema; encontré a Dios en el centro de todo y a Jesucristo como el único restaurador del alma. La montaña no es un simple ejercicio de fuerza de voluntad humana, es el escenario donde el hombre recupera su dignidad y su masculinidad al rendir su vida por completo ante Dios.

Reflexión me llevó a entender que la victoria no habita en nuestras propias capacidades, sino en la toma consciente de buenas decisiones guiadas por el Espíritu Santo. Surgieron entonces estas preguntas que hoy pongo en tu corazón:¿Es este ruido del mundo el plan y la identidad que Dios soñó para ti? ¿No estás marchitando a tu propia rosa al consumir tu existencia en batallas ajenas a tu propósito divino? Si tu cuerpo es templo sagrado del Espíritu Santo, ¿qué estás haciendo con el espacio que el Creador diseñó para habitar en ti?

Lo que hoy te entrego como una verdad es esto: Dios, a través de Jesucristo, es la única respuesta y el camino perfecto para restaurar la hombría, la dignidad y el rumbo de tu vida. No fuiste creado para deambular entre sombras ni para aceptar las mentiras con las que el mundo desfigura la masculinidad. Fuiste creado para ser un hombre de fe, un protector de tu hogar, un líder con carácter y un hijo amado del Padre.

Hermano, la decisión de levantarte es enteramente tuya. Sé muy bien que vencer estos fantasmas en tus solas fuerzas es una tarea agotadora y condenada al fracaso; pero si decides soltar el orgullo, doblar las rodillas y tomarte con firmeza de la mano de Jesucristo, la carga se vuelve ligera, la claridad regresa a tu mente y tu vida empezará a dar frutos conforme a la perfecta voluntad de Dios. Ese es tu verdadero desafío hoy: recupera tu lugar, abraza la fe, toma la decisión correcta y verás que, de la mano del Maestro, llegarás infinitamente más lejos de lo que jamás te atreviste a soñar.

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