EDITORIAL DEL ASTEROIDE: El Principito en el C-1991 y la Maleza del Laicismo
“ No confundan un Estado Laico con un Estado Ateo. El Estado laico es garante de libertad y pluralidad. El Estado ateo es un verdugo inquisidor que impone el vacío y censura la fe por decreto.Que el presidente invoque a Dios no es una amenaza, es el reflejo de más del 80% del país y de nuestra Constitución. ¡No a la dictadura secular”
Al aterrizar en el convulso Asteroide C-1991 (Colombia), el Principito presenció un histerismo incomprensible. El nuevo gobernante había jurado proteger a su Orquídea —la Patria— invocando a Dios y a la Virgen. De inmediato, los críticos gritaron que el Estado estaba en peligro y que la sombra de la teocracia los devoraría a todos. Confundido, el joven buscó al Zorro del Páramo para entender por qué, en este asteroide, mirar al cielo se considera un crimen político. "Fíjate en la tarima del 7 de agosto", sentenció el Zorro. "Gritan que se violó la laicidad, pero ignoran deliberadamente que hubo una clara representación evangélica y católica. No presenciamos el monólogo de una sola iglesia, sino el reconocimiento plural de las vertientes espirituales de una nación. La laicidad exige un espacio público diverso, no un quirófano estéril. Afirmar que el evento dejó de ser laico por integrar símbolos religiosos es de una tremenda miopía intelectual".
Es un fraude democrático exigirle a un presidente que gobierne de espaldas a la identidad moral de su pueblo. ¡Más del 80% de los colombianos son creyentes! No existe ninguna imposición abusiva: la mismísima Constitución de 1991 arranca invocando explícitamente "la protección de Dios" en su preámbulo, y las fuerzas armadas que defienden la Orquídea llevan como baluarte el lema "Dios y Patria". Escandalizarse porque el comandante en jefe habla el mismo idioma que su Carta Magna, sus soldados y su gente, es un acto de pura hipocresía política. El peligro real radica en las raíces de la maleza, que de dejarse crecer, destrozarán la ciencia política contemporánea. En Colombia, esa maleza es el laicismo radical, un extremismo intolerante que confunde deliberadamente la neutralidad institucional con la persecución espiritual.
Apoyándonos en pensadores como Jürgen Habermas, quien denunció la hostilidad secular y defendió el papel ineludible de la religión en la "sociedad postsecular", y en Charles Taylor, quien desenmascaró el mito de que el espacio público debe estar sanitizado de fe para ser moderno, hay que trazar una línea implacable: existe una diferencia abismal, jurídica y moral, entre un Estado laico y un Estado ateo. El Estado laico es un pacto de libertad y pluralismo; es un árbitro imparcial cuya función es garantizar que nadie sea coaccionado, permitiendo a su vez que las convicciones morales y religiosas participen con vigor en el debate público. Un Estado verdaderamente laico no se intimida ante un crucifijo ni entra en pánico cuando su presidente reza, porque entiende que la laicidad es un paraguas para la diversidad, no una guillotina para los creyentes. Por el contrario, el Estado ateo es un verdugo inquisidor y totalitario. Inspirado en el jacobinismo más autoritario, es una maquinaria que impone el vacío por decreto. No es neutral; es un dogma invertido que patologiza la fe, arranca violentamente lo trascendente de la plaza pública y exige que los ciudadanos actúen como lobotomizados morales frente al poder, buscando silenciar la espiritualidad y extirpar de raíz cualquier flor que mire al cielo.
Creer en Dios y gobernar con base en principios cristianos no puede ser motivo de acoso institucional ni de terrorismo mediático. Exigirle a un jefe de Estado que mutile sus convicciones, que se esconda para orar y que actúe como un ateo funcional en el ejercicio de su mandato no es defender la democracia: es imponer una dictadura secular asfixiante. Como concluyó el Principito antes de partir: "Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos". Y en Colombia, lo esencial es innegable: la fe de un pueblo y de su líder jamás será una amenaza para las instituciones; es, frente a la volatilidad del mundo, su ancla más indestructible.